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ATLÉTICO 1-0 LIVERPOOL

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El viejo Atlético tortura al Liverpool

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Un gol de Saúl tumba a los ‘reds’, que no tiraron a puerta y apenas inquietaron a Oblak. Morata falló ocasiones y volvió Diego Costa

No hay mejor manera de hacer frente a una tormenta que agarrarse con decisión al firme y recuperar los principios con los que llegaste a acariciar el cielo. Simeone, fino y atinado estratega (casi siempre) cuando se le supone inferior, recordó a su Atlético por qué estaban allí tratando de contener al imponente campeón de Europa de Jurgen Klopp. Y no hay mejor manera que rememorando virtudes de viejas y épicas batallas ganadas. Da igual que fueran de otra época. Un equipo sin principios no es un equipo. Por eso, los rojiblancos arrancaron en erupción, recuperando las señas de identidad con las que el Barça o el Bayern cayeron de bruces sobre la hierba del Calderón que hoy es asfalto. [Narración y estadísticas (1-0)]

Curiosamente, el destino quiso que fuera Saúl, el hombre que tantas veces ha levantado la voz esta temporada para reclamar ira y fuego de salida, el que elevase la temperatura de la caldera del Metropolitano, que hervía desde hacía un buen rato. En las grandes noches nunca se camina solo. El centrocampista iluminó con su despliegue a sus compañeros durante toda la velada. Así que, el Atlético arrancó como solía en otro tiempo. Asfixiando y estrujando al adversario, en este caso al Liverpool. Y fue de un saque de esquina, igual que en aquellos días en los que el balón parado valía un reinado, como los de Simeone mandaron al suelo a los muchachos de Klopp. Ahí estaba Saúl, el de los goles de estatuilla, para empalar sobre la línea y demostrar al mundo que los sueños pueden llegar a hacerse realidad. La trepidante historia del Atlético partió de un barullo.

Lo más parecido a una tormenta, en el primer cuarto de hora, fue el equipo local, que se adueñó del famoso gegenpressing patentado por Klopp. Qué mejor manera de responder a la presión extrema de los británicos que calcando su propia estrategia. El asunto habría alcanzado mayor gloria de haber tenido más afilada su bota Morata. El caso es que el Liverpool, de luctuosa indumentaria, se vio desnudado más de lo que había imaginado en sus entrenamientos en la ciudad deportiva de Melwood.

Pero el campeón despertó, y lo hizo empujando con calma al Atlético hacia su portería. El fornido Van Dijk comandaba las huestes en campo ajeno y el Liverpool atrincheró en un palmo de terreno a su oponente. Los defensas y centrocampistas rojiblancos casi se estorbaban tratando de mantenerse en pie ante la falta de oxígeno. Ante la falta de luz, incluso. El escenario no era nuevo para Simeone (lo vivió ante el Barça o el Bayern) ni inesperado para la fervorosa hinchada madrileña. Los reds, esta vez blacks, empotraron al Atlético en su área, aunque Oblak apenas padeció en un intenso primer acto. La principal conclusión fue que la espalda de la pétrea retaguardia británica era vulnerable.

La irrupción sorpresa de Lemar en el equipo titular, sólo duró una parte. Fue la carta que jugó Simeone y que se agotó (sufrió una contractura) en favor de los enérgicos pulmones Marcos Llorente, tratando de afilar las zarpas y arrancar la pelota de las garras del Liverpool. El mayor peligro del tridente visitante, que anduvo muy alejado de su versión más venenosa, lo puso Salah, al que le faltó puntería. Delante estaba, probablemente, el Atlético con más músculo defensivo de toda la temporada, sostenido por los colosales Savic y Felipe. La ocasión bien lo merecía.

En su rincón, Klopp apenas se inmutaba pese al marcador. El único balón que había sobre el césped era de los suyos. No había discusión. Correa y Morata apenas lograban encontrar alguna carrera a campo abierto y cuando lo hicieron, al delantero madrileño le volvió a fallar el gatillo. El regalo de Lodi al contraataque acabó en pifia.

EL REGRESO DE COSTA
Un zurdazo de Lodi, acaso en su noche más estelar, volvió a despertar a los suyos. Hubo algún susto cerca de la portería de Oblak, pero nunca se vio obligado a lucir palmito. El Liverpool no tiró a puerta ni una sola vez. La temperatura subió un par de grados cuando Diego Costa regresó a escena tres meses después de su operación. El punta, agitador hace un año en la mágica noche ante la Juve, tomó parte en otra de esas instantáneas que ya forman parte de la joven leyenda del Metropolitano. «Aquí hincó la rodilla el todopoderoso Liverpool de Klopp», recordarán algún día los rincones del estadio.

Porque anoche, el Atlético volvió en sí y fue el de siempre. Los principios, si son sólidos, suelen conducir a lugares maravillosos. Esta vez, al menos, lo hizo hasta Anfield. Puede que allí la historia no tenga nada que ver. Bien lo sabe el Barcelona. Pero, hasta entonces, Simeone y sus chicos ya tienen algo que contar esta temporada.

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